El arte del masaje

Finalmente, y trás una muy larga gestación, podemos ofreceros una obra largamente esperada por todos.

Re­cabamos documentación y material a muchos profesio­nales y conocedores de todo lo relacionado con el quiromasaje, y al cabo de una laboriosa tarea de clasificación de la abundante información recibida, el resultado es es­te monográfico, que incluye lo esencial de cada tipo de masaje.

Hemos querido hacer un libro bien documenta­do, pero sobre todo muy práctico, pensado tanto para los que quieran aprender lo más importante del masaje para practicarlo con su pareja o amistades, como para quien desee conocer un poco más acerca de sus asombrosas po­sibilidades terapéuticas.

En el futuro probablemente se completará con otra obra sobre técnicas más complejas y especializadas, tanto desde una perspectiva médica co­mo holística. Recordemos que existen unos 60.000 quiromasajistas en nuestro país, la mayoría con un notable nivel, si bien los benéficos efectos equilibradores y vitali­antes del masaje son practicados y conocidos por mu­chos miles de personas más.

Las manos.

El secreto está en ellas.

Qué expre­sivas sobre la mente ajena, sobre el cuello, los hom­bros, el brazo, la cintura.

Pero hemos rebajado la caricia al masaje. Acaso porque, pagando nos da menos verguenza que alguien nos aborde y roce nuestros límites.

Olvidamos que nacemos envuel­tos en la piel, expuestos dentro de ella, que padece­mos hambre y sed de piel.

En el Tercer Mundo aún se toca la gente sin precisar la excusa del amor: van los hombres del brazo, cogidos de las manos, enla­zados los dedos, por la calle.

No temen la ternura. Se encuentran con júbilo, se besan, se oprimen uno a otro, se separan, se miran y vuelven a oprimirse.

Durante los últimos veinte años, Occidente ha redes­cubierto una técnica conocida desde hace más de tres mil años en Egipto, en la India, en China, en el Tibet y en Japón, en donde constituye el fundamento de la medici­na tradicional.

El masaje es tan antiguo como el mundo, es la experiencia del tacto, algo primordial y, no obstan­te, descuidado hasta hace bien poco por nuestra civiliza­ción.

Es el primer contacto del niño, el gesto que recon­forta, la mano que acaricia o fricciona

instintivamente el sitio dolorido, el contacto más amorosamente íntimo. Se sabe que los griegos lo practicaban ya 500 años a. de C., con la intención de alargarle la vida a sus pacientes de edad avanzada, y que era uno de los tratamientos favori­tos tanto del propio Hipócrates como de curanderos y cha­manes.

En la antigua Roma el masaje era terapéutico y lúdico a la vez,  hasta el mismísimo Julio César hacía que cada día le dieran un masaje con aceite de oliva.

Sin em­bargo, en Occidente las técnicas de masaje conocieron épocas de olvido, hasta que a finales del siglo pasado se desarrollaron en Suecia las grandes escuelas de masaje, cuya enseñanza es célebre en todo el mundo.

Lo que se ha dado en llamar masajesueco, muchos de cuyos movimientos básicos se reflejan en esta obra, consiste en un conjunto de técnicas inspiradas en los masajes tradicio­nales de China, Grecia o Egipto, con un acento especial­mente rehabilitador, terapéutico e higiénico.

Pero el pu­ritanismo de la época victoriana marcó durante décadas el olvido de los aspectos más gozosos y sensuales del ma­saje, al limitar el tacto y el contacto físico al ámbito de la pareja.

Ha sido en los últimos veinte años cuando he­mos asistido a un verdadero renacimiento del aprecio por el propio cuerpo.

Se ha desterrado cualquier sentimiento de culpa relacionado con el mismo, con lo que se reafir­man las agradables y placenteras sensaciones de un ma­saje, que se convierte así en un excelente medio de co­municación e intercambio.

A través del tacto podemos co­nocemos mejor y también conocer mejor a quien nos dé o reciba el masaje; con ello se establece una relación de intercambio expresivo sensible y desinteresado.

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y comenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana liber­tad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco compren­der coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Enton­ces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acari­ciar lentamente la profundidad de tu pelo .

Sin embargo, a menudo nos sentimos torpes ante este tipo de comunicación. Por eso proponemos un conjunto de técnicas que constituye el mejor soporte de la propia confianza, pues un buen masaje no consiste únicamente en realizar una serie de movimientos, sino que va más allá, se vive desde el interior en tanto que constituye una for­ma de comunicación profunda con el otro.

Demasiado a menudo el masaje es considerado sólo desde el punto de vista médico, reservándolo a los profesionales de bata blan­ca.

Pero salvo en casos muy contados que, por supues­to, confirman la regla, como es el caso del rolfing, o del masaje rehabilitador, las páginas que tenéis entre las manos confirman que es posible aprender unas técnicas simples, que todo el mundo puede aplicar sin riesgo y con placer.

Por otra parte, algunos ejercicios y consejos sir­ven para adiestramos en la práctica del masaje con una mejor disposición interior.

Y finalmente también será útil a los profesionales quiromasajistas, algunos de los cuales descubrirán, por ejemplo en el shiatsu, o en el masaje sen­sitivo, otra manera de considerar el cuerpo y de enfocar la relación terapéutica.

Hemos pensado pues en todo ello para transmitir la ma­yor confianza posible en la propia capacidad para dar un masaje, siempre favorecedor a otro.

Podéis disminuir sus tensiones, aliviar alguna zona dolorida, intercambiar ener­gías y en general, comunicar más allá de las palabras.

9€

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