Franz la kafka metamorfosis

En la obra de FRANZ KAFKA (1883-1924) han quedado reflejadas tanto las huellas de su existencia personal como las difíciles relaciones con su padre, una profesión sin alicientes, la frustración de la realización amorosa, así como las características del medio cultural y social en el que creció y maduró (una encrucijada de civilizaciones dentro de la Babel lingüística del Imperio de los Habsburgo).

Sin embargo, como observa Hans Mayer en La literatura alemana desde Thomas Mann, este universo literario es independiente de las interpretaciones psicológicas a las que tan fácilmente se prestan las relaciones con la familia, las mujeres, la profesión, el judaismo y la literatura de su genial autor.

LA METAMORFOSIS desarrolla un tema extraño y alucinante, pleno de resonancias alegóricas y de inquietantes augurios que completan el volumen los relatos Un artista del hambre y Un artista del trapecio.

Además de las biografías de Max Brod y Klaus Wagenbach, Alianza Editorial ha publicado la mayoría de las obras de Kafka: El Castillo, América, La condena, La muralla china, Cartas a Milena y Cartas a Felice .

Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto.

Hallábase echado sobre el duro caparazón de su espalda, y, al alzar un poco la cabeza, vio la figura convexa de su vientre oscuro, surcado por curvadas callosidades, cuya prominencia apenas si podía aguantar la colcha, que estaba visiblemente a punto de escurrirse hasta el suelo. Innumerables patas, lamentablemente escuálidas en comparación con el grosor ordinario de sus piernas, ofrecían a sus ojos el espectáculo de una agitación sin consistencia

¿Qué me ha sucedido? No soñaba, no. Su habitación, una habitación de verdad, aunque excesivamente relucida, aparecía como de ordinario entre sus cuatro harto conocidas paredes.

Presidiendo la mesa, sobre la cual estaba esparcido un muestrario de paños. Samsa era viajante de comercio, colgaba una estampa ha poco recortada de una revista ilustrada y puesta en un lindo marco dorado.

Representaba esta estampa una señora tocada con un gorro de pieles, envuelta en un boa también de pieles, y que, muy erguida, esgrimía contra el espectador un amplio manguito, asimismo de piel, dentro del cual desaparecía todo su antebrazo.

Gregorio dirigió luego la vista hacia la ventana, el tiempo nublado (sentíanse repiquetear en el cinc del alféizar las gotas de lluvia) infundióle una gran melancolía.

Bueno pensó ¿qué pasaría si yo siguiese durmiendo un rato y me olvidase de todas las fantasías?

Mas era esto algo de todo punto irrealizable, porque Gregorio tenía la costumbre de dormir sobre el lado derecho, y su actual estado no le permitía adoptar esta postura.

Aunque se empeñaba en permanecer sobre el lado derecho, forzosamente volvía a caer de espaldas.

Mil veces intentó en vano esta operación; cerró los ojos para no tener que ver aquel rebullicio de las piernas, que no cesó hasta que La metamorfosis un dolor leve y punzante al mismo tiempo, un dolor jamás sentido hasta aquel momento, comenzó a aquejarle en el costado,¡Ay, Dios! díjose entonces.

¡Qué cansada es la profesión que he elegido!  Un día sí y otro también de viaje.

La preocupación de los negocios es mucho mayor cuando se trabaja fuera que cuando se trabaja en el mismo almacén, y no hablemos de esta plaga de los viajes: cuidarse de los enlaces de los trenes; la comida mala, irregular; relaciones que cambian de continuo, que no duran nunca, que no llegan nunca a ser verdaderamente cordiales, y en que el corazón nunca puede tener parte. ¡Al diablo con todo! Sintió en el vientre una ligera picazón.

Lentamente, se estiró sobre la espalda, alargándose en dirección a la cabecera, a fin de poder alzar mejor la cabeza.

Vio que el sitio que le escocía estaba cubierto de unos puntitos blancos, que no supo explicarse.

Quiso aliviarse tocando el lugar del escozor con una pierna; pero hubo de retirar ésta inmediatamente, pues el roce le producía escalofríos.

Estos madrugones, díjose,  le entontecen a uno por completo.

El hombre necesita dormir lo justo.

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