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¿Qué es Así habló Zaratustral ¿Una filosofía expresada en un lenguaje poético o una poesía de contenido esencialmente filosófico? ¿El mensaje de una nueva religión sin Dios y contra Dios o la expresión patética de unos mitos segregados por la ciencia para que sirvan de guía al desorientado hombre contemporáneo? ¿Un nuevo saber o el recuerdo de un compendio de intuiciones ancestrales que se han conservado soterradamente a lo largo de la historia del pensamiento humano?

Quizá, como apunta Eugen Fink, el estilo de esta obra signifique una tremenda perplejidad aconceptual de un pensamiento que se halla cegado todavía por la luz de un nuevo amanecer del ser.

En cualquier caso, Así habló Zaratustra es un libro para ser leído, no para ser explicado.

El propio Nietzsche lo dice en alguno de sus pasajes, rememorando una frase evangélica ,Quien tenga oídos para oír, que oiga. Y es que, como ha señalado Olivier Reboul, Nietzsche no es tanto un autor que se explica como un pescador ante el que uno se explica.

He aquí la razón de que este estudio preliminar no pueda pretender otra cosa que introducir al lector en el universo nietzscheano.

El resto de la aventura ha de correr necesariamente de su cuenta.

Ante todo habría que decir que Nietzsche no es un autor que suscite indiferencia o apatía. A Nietzsche se le ama o se le odia.

Su contacto produce, como en el caso de Sócrates, la sacudida eléctrica de una raya.

¿Cómo reaccionar de otra manera ante quien viene a sacudir el pequeño mundo de nuestras creencias más íntimas, ese mundo umbrío y confortable en el que solemos cobijarnos para escapar de nuestro desamparo radical? ¿Qué decir al profeta Zaratustra, que, inocente y burlón, viene a mostrarnos nuestra desnudez falsamente vestida y a enseñarnos a aceptar y a amar la vida como hombres maduros?  

Porque este viejo solitario y terrible no sólo pretende aventar nuestras creencias en la existencia de Dios y de otra vida después de la muerte, sino que intenta rechazar también las relativas a la existencia e inevitabilidad del progreso, a la capacidad de la razón científica para comprender el mundo y a la fuerza de la técnica para dominarlo, al valor incuestionable de las ideologías político-sociales vigentes y asumidas, a la posibilidad de sublimar nuestras pasiones más primitivas de un modo que resulte social mente aceptable.

Todas estas creencias arraigadas en el hombre de hoy son precisamente cuestionadas y rebatidas por el verbo profético de Zaratustra. Enseñar al hombre a vivir prescindiendo de ellas, rechazando su aparente y miserable cobijo, constituye uno de los objetivos de este libro.

Y para ello sólo existe un mandato: «¡Haceos duros!» Ésta es la única orden que Nietzsche grabó en las tablas de su nueva ley, y en ella se deja ver meridianamente la doble faz de su mensaje moral.

Ya que «¡haceos duros!», como comenta Lou Andreas-Salomé, el gran amor de la vida del filósofo, es resistir a todos los impulsos benevolentes y blandos, es petrificarse en el egoísmo, resumiendo,  es ejercer la dureza de uno en contra de los demás y poner en marcha una voluntad extrema de dominio.

Pero también esto significa que el hombre tiene que utilizar su dureza consigo mismo, con el fin de triturarse y precipitar su ocaso.

En términos generales, la dureza ennoblece al individuo, al igual que ennoblece la piedra de la cual el escultor obtiene una obra de arte suprema.

Todo le está permitido al hombre, salvo una cosa: no tiene que sucumbir, no tiene que descomponerse cuando realiza una labor; de lo contrario toda su humanidad, sea cual fuere su elevación a los ojos de la moral antigua, no es más que un desecho inútil, una materia averiada, buena para echarla a la basura.

Alegría y dolor, fuerza y debilidad son hechos que están ahí, que pertenecen a un mundo que escapa a toda posible justificación y valoración.

No se trata, entonces, de justificar el derecho del fuerte a oprimir y a dominar al débil, nadie tiene derecho a tratar a los demás con mayor dureza de como se trata a sí mismo, sino de negar que el primero sea culpable de la miseria de quienes se muestran impotentes de afrontar la vida con la dureza que ello exige.

La debilidad de los mediocres no puede empañar el derecho del fuerte a ser feliz en medio del dolor, pues no puede concebirse una vida en la que el gozo no vaya acompañado de sufrimiento.

La cuestión está en no multiplicar el sufrimiento más allá de lo necesario.

Esta es la razón de que Nietzsche prevenga a los fuertes contra el efecto debilitador de la compasión. Spinoza ya había señalado que la conmiseración es la tristeza nacida del daño del otro. J. Nietzsche va mucho más lejos, denuncia la compasión, entendida como padecimiento junto al prójimo y amor al mismo, en cuanto que multiplica innecesariamente el dolor y en cuanto que es una forma de enmascarar la debilidad humana.

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